Juan Verde y la ética de los anarquistas
Juan Verde era un seudónimo que devino en nombre legal. El seudónimo de un anarquista de los de la “belle époque”. Aunque siempre sostuvo que
había nacido en Guadalajara (España) –eso decían sus papeles- realmente se sabe que nacido en Italia había emigrado a Buenos Aires siendo muy muchacho. Pocos sabían eso, entre ellos Germinal
Gracia (seudónimo de Víctor García) que militó durante un tiempo a su lado, en Caracas.
En 1960, Verde estuvo al lado de [Vicente] Sierra y [Eusebio] Larruy en el grupo “Errico Malatesta” que publicaba el periódico “Simiente
Libertaria”, el cual alcanzó unas 20 o 25 ediciones. Yo pude ver hasta unas 23, pero los que sabían del tema, me dijeron que habían publicado dos o tres más. No sé qué se me hizo mi colección de
“Simiente Libertaria”, pero lo cierto fue que la extravié en tantas mudanzas.
En Buenos Aires, metrópoli que siempre evocaba, vivió los tiempos tormentosos del movimiento anarquista, siempre andaba calzado con su star y
dispuesto a la pelea frontal. Se enfrentó a su paisano Severino Di Giovanni, porque éste era antiorganizacionista. Y, una vez me comentó que él había salvado a Santillán de que un miembro del
grupo de Severino lo ajusticiara. Al que no se pelaron fue a López Arango, anarcosindicalista argentino asesinado por anarquistas. Verde repudió el hecho.
Durante esa época los anarquistas dirimían sus diferencias ideológicas y organizativas a tiros entre ellos. Ese tema ha sido estudiado
profusamente en la literatura anarquista rioplatense. La razón fundamental era que el sector antiorganizacionista en el anarquismo de los inmigrantes italianos era muy fuerte en Buenos Aires. Y,
poco dado a sutilezas orgánicas. Lo que no pasó entre los anarquistas españoles donde “la Organización” estuvo siempre omnipresente, incluso en los tiempos de la Internacional española en la
segunda mitad del siglo XIX, como consta en las memorias de Anselmo Lorenzo, “El Proletariado militante”.
Estuvo Juan Verde entre los jóvenes más destacados del movimiento en Buenos Aires y con nexos con la ciudadela anarquista de América, Rosario,
en donde encabezó la secretaría de los grupos de defensa hasta que, en 1930, se produjo el golpe de Uriburu [http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_F%C3%A9lix_Uriburu]
La represión que Uriburu desata contra el movimiento popular y, especialmente, contra los grupos de acción anarquistas, obliga a varios
dirigentes de estos últimos a refugiarse en la Banda Oriental, es decir, en Montevideo, o, los que estaban más buscados por la policía, a marcharse a Europa antes de verse sometidos a una
expulsión de la Argentina. Verde era italiano, y si hubiera sido expulsado a Italia hubiera significado su muerte segura, porque la dictadura de Mussolini lo hubiera procesado por
malhechor.
Como Verde muchos cuadros anarquistas estaban en la misma situación, así que logra marcharse a España donde, en abril de 1931, se había
instaurado la Segunda República. Llega a Barcelona, en Cataluña, y de inmediato consigue enganchar en su oficio, la construcción y se afilia al sindicato del ramo. Pasa a formar parte del grupo
“Los Solidarios”, en los cuales están Ascaso, Durruti y García Oliver, entre otros; a quienes, me dijo, había conocido en el Río de La Plata.
De estos tiempos barceloneses es de los cuales vienen sus desavenencias con Santillán. Éste fue siempre en la época heroica el portavoz del
maximalismo libertario. Radical en todo, Santillán, tras el ascenso del fascismo, irá moderando sus posiciones. Luego de preconizar el “movimiento obrero anarquista” por contraposición al
“anarcosindicalismo” de los españoles, Santillán termina aceptando este último. Y, no sólo eso, sino que apadrina el viraje electoral del anarquismo español, en febrero de 1936, y,
posteriormente, al iniciarse la guerra civil, el pacto con la burguesía republicana.
Pero Verde, al contrario, se incorporará a los grupos de vanguardia, es decir, a esa vasta red organizada informal para la cual la acción
directa fue siempre una cuestión de cojones. En poco tiempo escala a la posición de secretario de los grupos de defensa confederales de la Federación Local de Barcelona. Y, ahí lo pilla el
alzamiento franquista.
Actor entre miles en las acciones de la guerrilla urbana de Barcelona, las que permiten derrotar a los militares alzados en armas contra la
Segunda República, no estaba en el nivel al cual pertenecía la dirigencia anarquista que toma la decisión de colaborar con las fuerzas antifascistas para detener al general Franco y defender a la
República. Pero militante disciplinado como siempre fue, siguió las disposiciones de la Organización. Sin embargo, en la medida que se va desarrollando la Revolución entra en conflicto con el
núcleo burocrático de la CNT y de la FAI. Por eso será de los protagonistas de los “hechos de Mayo de 1937” cuando los grupos de acción anarquistas deciden enfrentarse a las checas estalinistas y
al PCE (ó PSUC) en Cataluña.
Los viejos militantes de acción del sindicalismo catalán, y especialmente, del de Barcelona, lo conocerán por el remoquete de “El Argentino” o
de “El Loquito Lindo”. Verde era un obrero de la construcción, alto –más de lo normal-, fuerte, con aires de actor de Hollywood, que igual hacía un periódico que expropiaba a un burgués. A mí me
dijo que la guerra se había perdido porque si bien sobraban brazos faltaron armas, y no estaba del todo despistado Verde cuando años después me entrevisté con Domingo Rojas.
Su versión de los “hechos de Mayo de 1937” –los cuales vivió y en los cuales combatió como dirigente de la base anarquista en armas- difiere
totalmente de la versión oficial que Marianet, en nombre del comité nacional, divulgó; y, mucho más, de las escritas más tarde por líderes anarquistas de aquellos tiempos en nombre de “la
Organización”. Para Verde la batalla de Barcelona se perdió porque el liderazgo anarquista, por miedo o por involución, más por lo primero que por lo segundo, claudicó ante los agentes de
Stalin.
En la CNT siempre habían logrado convivir “las coristas” y “los pieles rojas”. Las primeras eran los sindicalistas, los reformistas, los
contemporizadores; los segundos, eran los maximalistas, los radicales, los partidarios acérrimos de la acción directa. Cuando la represión arreciaba las primeras copaban el escenario mientras que
los segundos debían pasar a la clandestinidad. Cuando la represión aligeraba, los segundos convertían a las primeras en simple estorbo para la revolución.
Perdida la guerra, Verde pasa a París, y estuvo unos meses por la capital gala, es allí cuando ve a muchos compañeros –según me dijo- tomar
contacto con las logias masónicas del Gran Oriente francés. Hombre de acción como siempre olfateaba que Hitler desencadenaría la guerra europea. Así que busca salir de Francia rumbo a
América.
Algo debió de separarlo de ciertos círculos anarquistas en Francia porque no se vino en los grupos que logran ser desplazados a América
–México y República Dominicana- antes del estallido de la guerra europea, es decir, antes de septiembre de 1939. Esta parte de su vida jamás quiso contármela detalladamente. Lo cierto fue que
desembarcó en Panamá antes de 1940, porque a la Argentina no podía retornar.
En Panamá se ganó la vida como obrero de la construcción, oficio que conocía a la perfección, llegó a ser maestro de obras. La familia comenzó
a crecer y como para él la mujer de un anarquista no era sólo “la mujer de cama”, decide buscar mejores horizontes en tierras promisorias y se viene para Venezuela, adonde arriba a finales de
1940, porque su nombre aparece en el acta de una asamblea del núcleo venezolano de la CNT celebrado a finales de ese año, documento que pude ver en el archivo de Vicente Sierra, uno de los
mejores archivos sobre el anarquismo, de Venezuela, que había en 1963-1967.
En Venezuela, los compañeros que ya había lo colocaron en posiciones desde las cuales con el jornal podía sustentar a la familia, la esposa y
varias hijas. Sin embargo, Verde descollaba más como escritor y rápidamente ascendió en el sindicato de artes gráficas, llegando a ser corrector de “Momento” y varias veces colaborador de esa
revista con seudónimos de cuyos usos era un entusiasta.
La escisión de la CNT, de Venezuela, duró más allá de 1961 cuando la CNT de Francia, y de otros países, se reunifica luego de la ruptura de
1945. En Venezuela, el argumento de los “pieles rojas” era que no podían reunificarse con “las coristas” porque éstas habían cruzado la raya amarilla de lo permitido: se habían hecho patronos, y,
por tanto, ya eran burgueses. Además, muchos se habían acercado, por diversos motivos, a Acción Democrática, en cuyas filas militaban. Así que Verde prefirió reorganizar los “grupos de defensa
confederales”, como nombre genérico a la organización de anarquistas antiburgueses que existirá en Venezuela hasta después de la muerte de Franco.
Todas sus hijas se unieron a muchachos comunistas venezolanos, y era todo un espectáculo ver al obrero Juan Verde debatir con los jóvenes
sobre cómo el único comunismo genuino era el comunismo anárquico. Malatestiano de la cabeza a los pies –como todo anarco italiano que se precie-, tenía suficiente alteza de miras para comprender
que la sangre rebelde, no importa las banderas que enarbole, es, desde las células, sangre ácrata, y que la tarea de todo anarquista al cual las fuerzas de la juventud van abandonando es ayudarla
a hervir.
Cuando la Organización tomó la decisión de que los grupos dispersos por todo el mundo conformaran Federaciones Obreras adheridas a la AIT,
estuvo Verde entre los animadores de la Federación Obrera Regional Venezolana (FORVE) que publicaría el mensual “AIT”. Verde era el alma de FORVE, y otros, no así Pagano que, viniendo de la FORA,
fue distanciándose, y otros, muy nombrados en estos últimos años que nunca fueron bien vistos por los grupos de vejetes del comunismo anarquista.
Fue Verde el que le saboteó la conferencia que dictó en Caracas Carlos Díaz. Éste fue un submarino que introdujeron en la periferia de la
Organización Fidel Miró, José Peirats y Germinal Gracia, que siempre se creyeron parte de “los intelectuales” del movimiento. Díaz realmente estaba muy vinculado a la Iglesia Católica española, y
era impensable que Peirats y Gracia lo hubieran apadrinado. A Carlos Díaz lo enfrenté y lo enfrento dentro y fuera de la Organización. En eso coincidió conmigo Juan Gómez Casas y por eso me
dedicó unas referencias en uno de sus libros. Lo peor de Carlos Díaz fue cuando escribió que “más ha hecho Cáritas por los pobres que todo el anarquismo del mundo”. Sólo un hijo de puta completo
puede afirmar semejante canallada.
Yo visitaba a Verde una o dos veces a la semana. Era de esos anarquistas desconocidos que jamás aparecerán ni en los libros de texto ni en las
crónicas palaciegas, y cuya memoria el tiempo va disipando. Al contrario, Xena es reseñado por esa chica historiadora que escribió “Clandestinos” –una parte de la historia del anarquismo catalán-
un libro que me leí, dicho sea de paso, en mi último viaje a Barcelona el año antepasado.
Reñí con él multitud de veces, pero siempre nos reconciliábamos porque era un Maestro de la vida y del anarquismo, y porque tenía unas hijas
más buenas que el carajo, aunque Gioconda –la menor- estaba mayorcita para mí. Creo recordar que alguna que otra vez salimos a parrandear por esos mundos de dios, pero ella, rebelde como el
padre, no quiso jamás saber nada ni del anarquismo ni de un carajo. Del legado de su padre estimaba más que ninguna cosa la consciencia que le dio de ser una mujer libre y de amar
libremente.
Un día de tantos, Gioconda me telefoneó, y cuando yo le iba a decir que ese día no estaba para lides de lecho, me dijo que su padre había
muerto en la casa de su hermana en Puerto Ordaz. A la hora de su muerte, tenía 91 años. Creo que había nacido con el siglo. Siempre recordaré su lección de ética: “el anarquista debe vivir de
acuerdo a sus principios; y actuar en consecuencia”.-
F.C.-